Viejas noticias nuevas

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Que los paradigmas de la comunicación han cambiado parece un realidad evidente. Quizá lo más interesante de todo esto, sea el estudio del tránsito que sucede entre lo que producen los medios y llega a la audiencia, y lo que produce la audiencia y llega a los medios. También poner el foco en los factores clave como la velocidad de circulación del contenido, y cómo esto afecta al consumo, resultan novedades en los análisis decimonónicos de los procesos de producción y consumo de la información.

En este sentido hace un par de días nos encontramos con un hecho un tanto insólito, recogido y reflejado por El País. Se trata de la renovación del interés por dos noticias redactadas y publicadas hace años, en 2005 en concreto. Uniendo velocidad y la necesidad de compartir (según un estudio del NY Times un 84% de los usuarios comparten información porque, para ellos, compartir contenido es una necesidad social y diaria), nos encontramos con fenómenos como este. No hay tiempo para la pausa más mínima (la que permite comprobar la fecha de la noticia), sentimos una pulsión que nos lleva a compartir.

Este fenómeno ha dejado heridos recientes, como sucedía con la presunta muerte de Aznar en Twitter. Pero no podríamos achacar este tipo de mentiras convertidas en bolas de nieve, a las redes sociales. Al menos en parte no. Recordemos que, no hace mucho, Jordi Evolé fingía una paliza a un cobrador de la SGAE que se reflejó en la prensa tradicional, o el caso de las imágenes falsas de la guerra de Afganistán, o cuando TVE utilizó imágenes de una riada en Ciudad Real para ilustrar la catástrofe de Haití. Se trata de errores que, amén de la ética periodística, apuntan directamente a problemas sistémicos.

El oficio del periodista se ha ido desactivando paulatinamente. El periodismo de salón, de réplica de notas de prensa, de ausencia de contraste, está a la orden del día. Las excusas fundamentales son la falta de tiempo y los pobres salarios. En cuanto a lo primero, competir en tiempo con el usuario que puede fotografiar en informar en cualquier momento en cualquier lugar, es absolutamente imposible ya. Nos hemos saltado el debate sobre el periodismo ciudadano, porque ya está aquí. En cuanto a la segunda excusa, la de la pasta, pues qué quieren que les diga, tal vez que la profesión se ha convertido en un cajón desastre que tiene lo que paga, pero que aún se beneficia de la influencia que les aporta la costumbre: Marca todavía tiene casi tres millones de lectores al día.

Sucede también que las rutilantes estrellas de los medios son demasiado rutilantes. Se han debilitado los vínculos con la prensa local, han perdido el contacto con la realidad. La lucha por los grandes temas, por el supertitular, por llegar a ser como los grandes periodistas de las pelis americanas, se han dejado datos y detalles por el camino, y los periodistas deberían vivir del dato y del detalle. Jaime Cantizano, por ejemplo, prefirió el tipo de programas, de mentira y gimnasio, en el que vive encasillado, antes que proseguir con una carrera que comenzó haciendo radio con ciertos visos de convertirse en un periodista de calidad. Todo a cambio de moneda y brillo, y nadie se lo puede echar en cara.

Por tanto llevamos años viviendo, generalmente, del contenido que se produce en redacciones-salón, historias, relatos, creados por señores para los que la calidad ha pasado de ser elitista, a ser un lujo, y de ahí a la quimera que resulta hoy. Además de la legitimidad de implica la firma del propio medio, se ha relajado la exigencia de la otra parte, la audiencia, agradecida ante titulares que apelen a la demagogia, a los lugares comunes. La explosión del monólogo, formato que resulta un monumento al lugar común, es un ejemplo de redefinición de la calidad hacia algo más relacionado con el consenso, que con un canon.

Las redes sociales pasan a ser noticiables y a revestirse de legitimidad con rapidez. De nuevo la velocidad afectando a los procesos de legitimación, promoción y maduración. Donde antes había un “Diario alemán que asegura que…“, ahora es “En la red social Twitter se dice que…“. Cada vez las fuentes primarias de la información son más numerosas, en algunos casos anónimas y, en definitiva, difíciles de controlar, ergo, implican una mayor dificultad para contrastar.

Y moviéndose veloces tenemos periodistas -a los que llamo “conectados”- ya al margen de sus medios, implicados en estas redes, generando un criterio que les reporte credibilidad en un entorno líquido y cambiante, estableciendo relaciones, tejiendo una nueva forma de acercarse a unas nuevas fuentes. Insisto, al margen de sus medios, que se mueven mucho más lentos, demasiado pendientes de lo que sus anunciantes consideren una apuesta segura, o una arriesgada. Y de esa relación entre periodista y medio salen otras incógnitas evidentes: ¿Los periodistas conectados se esforzarán en “conectar” a sus medios?, ¿Les interesará ese ejercicio a ambos?, ¿Encontrarán los periodistas conectados vías de negocio que les permitan ser independientes a los medios?, ¿Esas vías de negocio afectarán a su credibilidad?.

Pues mientras esas incógnitas se van resolviendo sin que tengamos la capacidad de predecir los resultados, seguiremos asistiendo a fenómenos como que una noticia de 2005 vuelva al candelero.

Grande

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Cuando recuerdo el primer contacto con Paco Grande, ya tenía kilómetros a sus espaldas: nueve Juegos Olímpicos, cuatro Mundiales, cinco Europeos juveniles, un Giro, un Tour, dos Mundiales de ciclismo, cinco Mundiales de esquí, o tres Mundiales juveniles de fútbol. El de Nigeria, en 1999, fue el cuarto. El sonido telefónico le daba una capa de heroicidad a sus narraciones. Las dificultades técnicas hacían crecer el mito de aquel campeonato, y en sus comentarios Grande siempre encontraba hueco para calzar una pequeña crónica sociopolítica en píldoras. Me demostró ser un periodista capaz de girar el cuello, ver, y contar.

Aquella fue una Copa del Mundo que arrancó sin interés y se percibía lejísimos, pero que fue creciendo con los partidos, y acabó con la consagración en forma de campeones de los Casillas, Xavi, Marchena y compañía, con Seidu Keita como mejor jugador del torneo, y Pablo Couñago como máximo goleador. De trayectorias cuasi inversas, mientras el maliense acabó triunfando en Sevilla y Barcelona, el delantero gallego ha ido dando tumbos por equipos muy menores, y acabó sus días como futbolista en el Cristal Palace londinense. Ahora está en el paro.

En medio de reuniones extrañas de los miembros de la FIFA, regalos a directivos, hambre y miseria locales, falta de seguridad, de condiciones técnicas, de agua potable, presencia de ratas y cucarachas en el hotel… en mitad de todo eso, Paco Grande ejercía de periodista y contaba, y ponía en un contexto, informando sin caer en vivir de la anécdota, sin revelar la más mínima amistad con los jugadores, con una imparcialidad desconocida, sin exfutbolistas de estómagos agradecidos como comentaristas. Sólo con su audiencia.

Tras más de veinticinco años en TVE, Grande ha realizado prácticamente cualquier función, aunque recientemente ha sido relevado en sus tareas como editor del programa de la Champions League, ante lo que ha declarado que “He dejado de hacer la Champions porque el comentarista (Sauca) es malísimo. Está puesto ahí por estrategia empresarial”. “Me fui porque pese a ser el editor no pintaba nada. Los jefes no me respaldaban. Sauca se saltaba el guión y hacía lo que quería”. Parece una cuestión personal, que ha llevado a que Paco Grande ponga voz pública, a un puñado de ideas que el buen aficionado lleva años pensando. Aquí podéis leer una entrevista que le realizaban hace unos años. Aquí las declaraciones polémicas.

Le mete caña a Silvia Barba y Sauca, de TVE, y a toda la mierda que se mueve en torno a la prensa deportiva, que se ha llevado por delante la mínima ética, y que pone en cuarentena nuestras conexiones neuronales. Lo que dice Grande no es nada nuevo, muchas personas llevamos pidiendo una revolución hace tiempo, exigiendo responsabilidad a los Segurola, Trueba, Díaz Guerra, Iglesias y compañía, que den un paso al frente, que cuiden las palabras, que mimen la forma de contar cosas, que allí estaremos para dejar el periodismo de chismorreo y trazo grueso, las mafias de los grandes grupos y todo lo demás. Grande se ha quitado la careta, tras amenazar en otras entrevistas, con sentencias como “el periodismo deportivo no existe

En los últimos tiempos han aparecido pequeños proyectos, que sobreviven gracias a los nulos costes que conlleva la edición y promoción en la red. Quizás el mejor ejemplo haya sido Panenka.org, la revista que reúne firmas de primera, en una apuesta por la calidad. Luego es cuestión de bucear, y encontrar los blogs de turno, en los que el periodismo todavía es arte que genera interés, como el hiperespecializado este no es un blog del Atleti, o fútbol no es fútbol, que nos sirven como referencia de buen hacer en cuanto al periodismo deportivo en el más amplio sentido del término.

Creo que no es momento de entrar en la oportunidad de la denuncia de Paco Grande, o en la pesquisa sobre si se trata de una reacción fruto de fricciones internas o no. Es evidente que los desequilibrios, las palabras más altas que otras, siempre tienen un pequeño desencadenante puntual, pero lo valioso de las declaraciones, es el problema de fondo, y la puesta en cuestión de un sistema informativo que hace de la inoperancia un arte.

Serpientes de verano

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La temporada estival suele caracterizarse por tener a medio planeta de vacaciones, entre otros, a los redactores, periodistas, fabuladores, y demás profesiones más o menos dignas, que componen lo que podemos llamar “periodismo“. Ocurre que, por cuestiones de acuerdos comerciales y demás, el informativo a rellenar es de la misma duración que uno con el equipo a tope, por lo que el contenido suele ser peor -si cabe- de lo habitual.

Este verano, al contrario que otros, la actualidad ha seguido su curso como si nada ocurriera u ocurriese. Quiero decir, que hoy hay noticias de peso, donde otros años campaban incendios, turbinas de piscinas asesinas, ataques de terroríficas medusas, reportajes sobre la canción del verano, o sobre la ausencia de la misma, mirones que se tocan en las playas mientras las jóvenes y lozanas parejas se zurran la sardina… lo típico.

Cuando hablo de noticias de peso, hablo de seguimientos concretos a manifestaciones, JMJ, Consejos de Ministros, Strauss-Kahn, o Gadafi, el retorno. Tengo la sensación de que la presión que meten los medios sociales tiene algo que ver. Ya no sólo afecta a los tiempos -la resolución del caso Chacón en su momento, fue un claro ejemplo de necesidad de adaptación a una nueva velocidad-, sino que también al papel de los medios, obligados a aportar un contenido más atractivo del que, por ejemplo pudiera aportar un tuitero que enlace con blogs de todo tipo. Por supuesto sin conseguirlo.

Hace tiempo monté una startup con la que fracasé. Ya he dicho varias veces, que fracasar en la vida es lo mejor que te puede pasar, junto con frotarte en una discoteca con Terelu Campos. Se trataba de mezclar vídeo y geolocalización. Si os la cuento, me hablaréis de lo buena que es, pero no lo vais a hacer, por mi salud mental. La cuestión es que una de las claves para la rentabilidad eran los vídeos. ¿Había que hacer cuidados clips para los establecimientos, o con un vídeo rápido y básico nos servía?

Siempre aposté por lo segundo, contra la opinión del resto de socios, y de cualquier aficionado por la estética cuidada. Y creí en el concepto “vídeo rápido”, primero para que cuadraran las cuentas y, segundo, porque el usuario necesita mitigar un deseo, no ver El Padrino IV. Quiero decir, si quieres ver, por dentro, un hotel de Estambul, no necesitas ver una anuncio de teletienda, quieres verlo por dentro con un plano subjetivo, y ya.

Una de las vías de negocio online es canalizar ansiedad. El volumen de información es tan brutal, inabarcable, y todos tenemos esa percepción tan clara, que funciona todo lo que nos ayude a mantener el ritmo o, por lo menos, a vivir en la ficción de que lo mantenemos. Para todos los que somos más felices considerándonos informados, Twitter es el claro ejemplo.

Entre que la noticia se produce, y que los textos, imágenes y opiniones corren por Twitter, pasan segundos. El del llamado “periodismo ciudadano” parecía un debate profundo y de fondo, hasta que la realidad lo dejó obsoleto. Ya no es un debate, es un hecho, y arrastra a los medios digitales detrás, y éstos a los offline. Ves un trending topic y te preguntas qué habrá pasado con tal, o cual tipo. Las fotos vuelan, y lo hacen más, cuanto más exclusiva, reveladora, e interesante, es la información que aportan. Luego consultas la prensa digital. Nada durante horas.

Obviamente no se puede pasar por encima de realidades marcadas por esa velocidad: bulos multiplicados en minutos, que hacen trabajar a departamentos de imagen, escasa calidad periodística, ruptura total y absoluta de cualquier tipo de cita con la ética, fuentes tan directas como poco fiables (en realidad, los errores en los que incurrió la prensa tradicional)… Mitigar nuestra ansiedad. Eso es lo que queremos, y pagamos incluso con la verdad.

¿Qué será del periodismo bien hecho? Pues tras años en los que éste se alejó de la prensa tradicional, será posible ver casos de buen periodismo también en Twitter, por qué no. Salen propuestas online más cuidadas (con dificultades económicas, o voluntarias), y siempre habrá personas dispuestas a dedicar media hora a un buen artículo. Parece evidente que la prensa tradicional ha perdido el crédito para una generación: ni les creen, ni les leen, ni consideran que sean el famoso “cuarto poder“. Ese papel se traslada al entorno socialmedia, capaz de revolver al mundo árabe, agobiar a presidentes, o meter a Chiquilicuatre en Eurovisión.

Los popes de la prensa no tienen ni puta idea de lo que será de sus modelos de negocios. De qué funcionará o qué no. De cómo amoldarse a una realidad cambiante. Por eso casi todos están en Twitter. Aunque no puedan seguir la velocidad, por lo menos, mitiga su ansiedad.

Violencia gratis, oiga

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Tuve mis tiempos de miembro de lo que se llamó “Aula contra la Guerra“, proyecto de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, surgido al calor de la intervención en Irak, y cuyo contenido queda al descubierto por el propio nombre. Entonces me comí un puñado de “encuentros” con los antidisturbios. Son esos seres que pueden permanecer como estatuas durante horas, en ausencia de diálogo, y emprenderla a palos en cualquier momento y sin preguntar. Recuerdo los gritos desde dentro de las furgonetas, y sus mandíbulas batiéndose sospechosamente.

El antidisturbio bufa. La respiración tras la máscara integrada en su casco, es un bufido que se olvida tan poco como el ruido de las pelotas de goma pasando cerca. O dándote en los riñones, por cierto. El sonido de las botas contra el asfalto, los gritos y los insultos. Se jalean a base de “hijoputas“, y “cagonlahostias“, que ascienden en tono a medida que llevan repartiendo estopa.

Pero lo que está pasando en los últimos días en Madrid es muy grave. Los medios no están dando cancha a los sucesos -ayer expliqué el por qué-, pero en la era de las redes y los blogs, sólo engañan a un público mayoritario pero indiferente. A un público que se podría sentar a ver una ejecución en directo, como en Texas. Al resto, a los que nos preocupa tener una idea de los sucesos más allá de los intereses económicos de tal, o cual medio, Internet nos ha salvado la vida. Aunque sólo sea por mitigar el deseo de saber.

El miércoles 17, una periodista fue obligada a identificarse por un animal disfrazado de policía y, por supuesto, sin identificar. La cosa fue así:

Ayer, jueves 18. Minuto 1, segundo 30. Se aprecia perfectamente cómo los policías dejan pasar a toda aquella persona que porta una mochila vaticana y, en cuanto ve a una ciudadana sin ella y, sin mediar palabra, la emprende a palos. A palos.

Si se dan cuenta, después de la primera hostia, se ven flashes tras los que salen los animales disfrazados de policías. Es un fotógrafo que, en este post, cuenta cómo vivió la jugada. Se trata de agresiones. Vandalismo. ¿Qué puede hacer el ciudadano? La delegada del Gobierno no abre la boca, así que, de momento, puñetazos, patadas y porrazos gratis.

Becarios y periodismo

Posted in: massmedia

Parece del todo injusto achacar los problemas periodísticos a la actuación de una serie de personitas con nula experiencia profesional, como son los becarios. Porque becarios hay de dos tipos. Están los que quieren ser periodistas, y luego los que estudian periodismo. Los segundos son más numerosos. Si estudian en la privada, papá -léase “fafá”- les colocará, y si lo hacen en la pública, es posible que no hayan visto una mesa de mezclas, o un plató, en su puta vida.

En los medios de comunicación, que por lo general se paga poco y mal, cualquiera puede ser becario. Cualquiera puede redactar, locutar, o grabar una información que después usted asimilará y dará por buena. Es decir: cualquiera puede crearle su realidad y percepción de las cosas. Depende de en qué medio, puede que hasta ni se note la diferencia con la plantilla habitual.

Hace un par de días, TVE ilustraba con vídeo su noticia sobre la polémica de los organizadores de la Semana Negra, para con el Ayuntamiento de Gijón. Al parecer podría no celebrarse la XXV pseudocita con la novela negra en Gijón, en 2012, por desavenecias con el director, Paco Ignacio Taibo, del que aparecen declaraciones. Acaba la noticia y no sabemos por qué cojones hay una polémica. Desconocemos las causas. Es decir que nos han rellenado cuatro minutos y se han olvidado del meollo de la información.

Ayer leo otra historia que toca a otro asturiano: el gaitero Hevia es denunciado por el comandante del avión en el que venía de Nápoles. Léanlo aquí. Noticia milonga, en la que desconocemos la causa de la denuncia. Nos cuenta el día y la hora exacta -sobre las 20:30 horas-, y hasta el número del vuelo, detalles que me la bufan, ¡¡Pero no sabemos qué es lo que ha pasado!! ¡¡El puto WHAT!! ¿O la noticia es que un señor pone una denuncia a otro?

Miren señores, en periodismo hay una regla de mierda, a la altura intelectual de todos los que somos periodistas, que es más bien bajita. La regla de las cinco W: what, when, where, who, y why, a la que luego se añadió el how, pero vamos a dejarlo en cinco W, no vaya a ser que colapsemos a los repetidores de McLuhan. Esas cinco preguntas han de quedar resueltas al recibir la información, y a los periodistas parece que se les ha olvidado.

Al final la prensa de corazón, esa inmundicia asquerosa que debería arder en el infierno como un churrasco de ternera, va a dar una lección de periodismo a TVE, o a El Mundo . Ellos inventan sandeces bestiales, insultan, calumnian, rompen matrimonios, aceleran las autodestrucción de personajes, hunden imágenes públicas, desquician, roban… pero por lo menos construyen bien las historias, coño.

Y un saludo para los becarios.