Punto final

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Había sido la temporada más dura, plagado de presiones políticas y comerciales de todo tipo, así que cuando, al regresar de vacaciones el director me dijo que me quedaba sin programa, y que me dedicaría a tareas administrativas, no me sorprendió para nada. Al día siguiente me llamaban de una incipiente emisora de Punto Radio, así que me marché de mi cadenita SER, con la boca llena de baba amarga, pero con un agradecimiento que aún dura a la gente de Punto. Esos Jorge Sánchez, Juan Adarve, Alicia Mira, Luis Miguel Toribio, Chicho, o ese Goyo Duro, emprendedor de malos modos, que merece un libro aparte.

Punto Radio siempre pareció un proyecto efímero e inquieto, siempre peleando en el dial contra la costumbre, y demasiado asociado a Luis del Olmo y su Protagonistas. En realidad Punto Radio era Protagonistas, y el resto de programación de relleno, para que tuviera sentido llamarlo radio. Más o menos todos olíamos que cuando del Olmo estornudara, la radio cerraría. La asociación era un error necesario, ya que por un lado necesitaban el impulso, que bien podía ser el periodista de Ponferrada, recién salido de Onda Cero, y por otro la mayor parte de sus emisoras eran acuerdos con radios piratas, sin licencia.

Los comienzos de la emisora en Guadalajara fueron tan agotadores -más de un día dormimos en aquellas oficinas- como magníficos. Trabajábamos con ilusión y libertad, creando estilo desde cero, con licencias, falta de control y, en definitiva, libertad. Mi experiencia en los medios me dice que la libertad no es un estado, ni siquiera una meta. La libertad son momentos puntuales de falta de organización, son espacios autónomos de ausencia de líneas coherentes y deudas comerciales y políticas, y eso fueron aquellos primeros meses.

La andadura de Punto Radio siempre estuvo marcada por errores. Es un error que el claim de tu programa sea que llevas 35 años haciendo lo mismo, por motivos obvios. Como es un error que fichara en su momento a María Teresa Campos, o que Ramón García, en las entrevistas promocionales de su programa, soltara perlas como “en la radio ya está todo inventado“. Es una capa de barniz rancio que no le hizo ningún bien.

La crisis afecta a Vocento, con un diario ABC que supone una sangría, así que hoy redefinen Punto Radio que, a partir de ahora, se llama ABC Radio. Además se producen una serie de cambios, principalmente en las caras, reposando el protagonismo en gente como José Antonio Abellán, Isabel San Sebastián, o Melchor Miralles, nombres rebotados de otros lugares, líderes de opinión pillados a contra pie. De nuevo mala jugada, de nuevo campaña de comunicación, a mi gusto, errónea: el slogan “se hace oír“, me parece bastante intrusivo, y las frases que acompañan en la publicidad estática los rostros de San Sebastián o Miralles, son un poco de risa, y dan la sensación de venir del equipo que destapó el Watergate.

El error no sólo está en la campaña, sino en el enfoque de la radio como un cementerio de elefantes, compuesto por estrellas venidas a menos muy bien pagadas, y un ejército de periodistas anónimos, infravalorados, patéticamente pagados, y cogidos por la pechera de la vocación, un concepto al que no han sabido dar la vuelta, y cuyas consecuencias pagan mes a mes. De cualquier manera, muchos recuerdos, y mucha suerte.

La cascada de los cincuenta jumanjis

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Un jumanji es una desviación del cani de la escuela clásica andaluza, mezclado con el poligonero de cualquier localidad de las afueras de una gran ciudad. Al jumanji los oros le pesan mucho menos, y se le ha borrado la actitud de vencedor y rey del mambo, que en los tiempos que corren, no viene a cuento. El jumanji se cierra en los sonidos del iPhone, recorre la electrónica de festival en festival, y conserva tatuajes y algún piercing. Pero lo jumanji, más que la definición de la enésima tribu urbana, es una actitud. Uno puede realizar acciones jumanjis, o tener momentos jumanjis, jumanjacos.

El cani, o el poligonero, sale el jueves, o el viernes, y sabe que hasta el domingo, de madrugada, no volverá a casa, remember tras remember. Es una obligación, una búsqueda de la diferenciación que le haga tener un hueco en el mundo, y granjearse respeto entre los suyos. El jumanji no. Es de los que se va de fiesta el mismo número de horas, pero nunca estaban en el plan. Las noches siempre se lían y aceleran, y se acaba en una rave con unas Ray-Ban blancas, esperando la llegada de los reporteros de Callejeros.

Los más atractivo de lo jumanji, es que todos podemos serlo, o que todos, en algún momento de nuestra vida, lo hemos sido. Todos hemos pisado el acelerador cerca de un precipicio, todos hemos burlado leyes más o menos escritas, más o menos coherentes, por darle cancha al hedonismo. Eso hace que los grupos jumanjis nos atraigan, ya que pueden estar formados por profesionales de la noche, o por una cálida heterogeneidad que nos dé cabida. Además, ni el jumanji es un animal nocturno, ni se mueve cómodo entre la miseria intelectual.

Igual que las tribus del Golf tuneado, nadan en la inmensidad de su ignorancia, chapoteando y lanzándose desde trampolines ante las féminas, demostrando ser los reyes de entre los monos, el jumanji tiene un punto de ironía. Conoce lo que hace, dónde está, y el significado que tiene todo ello en el universo-mundo. Y juega con el tópico y lo retuerce, y es precisamente este el juego el que le divierte, y no el otro.

El sábado llegamos -esposa, perra, y servidor- a una remota localidad de la sierra de Guadalajara. Aparcamos el coche y tuvimos que caminar durante media hora, con 40ºC y un sol abrasador, por la ladera de un monte seco, lleno de matorral, siguiendo la senda marcada por las piedras de pizarra, testimonio de lo que un día fue el cauce de un río.

Mientras planeaba la posibilidad de descuartizar y enterrar a mis acompañantes, los arbustos medían la dureza de nuestra piel, en un camino cada vez más estrecho. Cuando ya perdíamos la esperanza, una cascada se abrió ante nosotros como un oasis en el desierto. Una cascada y cincuenta jumanjis, claro. El mejor de ellos -Aarón- tenía en su espalda tatuado, en caracteres gigantes, su nombre, y su fecha de nacimiento.

Siempre me pregunté qué puede haber en la cabeza de un ser vivo, para grabar su nombre y la fecha de nacimiento en una medalla, con que lo del tatuaje se me escapaba demasiado. Mi mujer me pidió que les diera a los jumanjis una oportunidad. Lo único que pude hacer fue sumergir la cabeza en aquella poza helada.

San Martín

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Era una radio local. De lunes a viernes hacía el boletín de las 7, de las 8 y de las 9. Hacía el magazín de 12 a 14, y a las 14:15, el informativo hasta las 14:30. Es decir, que rellenaba media programación local por 850 euros y 200 en negro. El último informativo del día, el importante, lo hacía improvisando sobre notas, y preparaba los cortes de audio, en el tiempo de publicidad del magazín. Por la tarde grababa la programación del sábado.

Ibamos al comienzo de las fiestas de tal o cual localidad, que en diez minutos lo ha dicho todo. Dos horas de directo, con un micro y dos piernas. A falta de cinco minutos, en el último corte de publicidad, el director te llamaba al móvil. Una hora más de desconexión. Una hora más de programa. Y nos sacábamos una hora más de la chistera. Por 850 euros y 200 en negro.

Pero no era suficiente. El presidente de la emisora, me llamó a filas. El presidente era un empresario inmobiliario. Para que nos entendamos: muy Gil y Gil. Me pidió que el magazín fuera para marujas. Consejos de belleza, recetas de cocina. Que aquello de poner a Cortázar, o a Los Planetas, era una frivolidad. Llevaba seis meses y me venció el contrato. Me puso uno de un mes sobre la mesa. Si me portaba bien, indefinido. Si no, a la puta calle.

Venía con una estocada de mi anterior trabajo. La Junta de Castilla la Mancha y un director poco dado a la defensa de la información, o la ética, me habían convertido en un apestado en la ciudad. Era un maldito, y os aseguro que ser un maldito no es tan grato, o tan romántico como lo venden. Los malditos no son ídolos de quinceañeras, sólo son torpes a los que se niegan los abrazos y las palabras de consuelo (excepto Mino, al que no olvidaré). Es alguien abandonado a su suerte, con un teléfono que se queda mudo, y con una lección por aprender. Solo.

Por si os interesa el final, me porté bien. Fui un buen chico y, durante ese mes, caí en las profundidades del insulto a la inteligencia del oyente, por tanto me hicieron indefinido. Creo que a la semana siguiente me marché a la tele nacional, pero eso es otro cantar. Ayer me acordé de todos estos momentos al ver que el equipo de fútbol sala de Guadalajara está en huelga. Sus jugadores llevan demasiado sin cobrar, y su presidente, el mismo de aquella emisora, les debe unas cuantas mensualidades. Igual sigue pagando 850 euros y 200 en negro. Igual les ha dicho que jueguen como marujas.

Puro teatro

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Le robo a Jesús Blanco, que fuera compañero en la radio, la fotografía del cartel que ilustra el post. Se trata de una representación teatral en Guadalajara, y en él se aprecia cómo el ayuntamiento (PP) se dedica a poner pegatinas encima de los carteles del Teatro, y con ellas tapa donde dice “Patrocinado por la Junta de Comunidades (PSOE) y por Cadena SER Castilla la Mancha“.

Se trata de una muestra más de lo que yo llamo el “politiqueo“. El politiqueo es el día a día de nuestros representantes públicos y su relación con los medios, los mensajes, y los que optan a relevarles en sus cargos. En el politiqueo se sobreentienden toda una serie de bajezas indignas, que jalean a sus consumidores/votantes, y les hace perder prestigio y credibilidad ante el sentido común, y frente a una masa cada vez menos implicada, esto es, menos peligrosa.

Se trata de bravuconadas, deslices y codazos, de fallos en la memoria y frases publicitarias vacías, repetidas una y otra vez. El politiqueo es para la política una rémora rentable, que ocupa a la gran mayoría de concejales, diputados y senadores, y que rellena la programación de los mass media. Por ejemplo: el PP pide una serie de recortes sociales, porque según ellos, es la fuente de todo mal. Cuando el PSOE las adopta, desdiciéndose, al PP le parecen medidas criticables, y se intercambian los argumentos con toda naturalidad. En provincias se pueden apreciar detalles como el caso del famoso cartel teatral.

Esa bajeza militante, que merienda cerebros y prima el barbecho intelectual, acaba siendo asumido como si se tratara del forofismo hacia un equipo deportivo, alimentado por las tribunas que políticos y tertulianos afines a partidos, tienen en los medios. Y aterrizo en Esperanza Aguirre.

Tras la declaración en la que revelaba que debía ser tratada de un cáncer, los forofos pusieron las máquinas a funcionar a toda velocidad. En un lado del ring un autético crack de la estupidez demostrada,el pseudoescritor Salvador Sostres, dedica unas palabras en su columna de El Mundo a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, dignas de una mezcla entre Santa Teresa de Jesús, Marie Curie, y la Afrodita de Mazinger Z:

“Conocí a Esperanza Aguirre y su ímpetu magnífico, su manera impúdica de dar la cara -y lo que sea- por las cosas en las que cree. Desde Margaret Thatcher -que, por desgracia, me pilló demasiado joven y no pude vivir como adulto sus años más maravillosos, su lucha feroz contra el comunismo atroz y contra el chantaje sindical-, desde aquellos años esplendorosos no había conocido a ningún político con las ganas que ha tenido Esperanza Aguirre de llevar un poco más allá los límites de la libertad (…) Para una causa o para la contraria, pero siempre con honor y cumpliendo cada cual su misión, nos quedan pocos héroes, pocos corazones valerosos que obren recta y dignamente y que honoren con su vivir insistente la memoria de sus muertos. Pocos que vivan de pie y que sean ejemplo del gran mandato de caminar erguidos. Esperanza Aguirre es uno de ellos”.

En la otra esquina del cuadrilátero, la tarde de la noticia, pudimos leer en Twitter al community manager de la Diputación de Guadalajara, luciéndose por no variar. Empezó suave: “Aguirre, te deseo una muy pronta recuperacion en un HOSPITAL PÚBLICO y tras aguantar las listas de espera como el resto de madrileños”, para avanzar con otro tweet: “Y a cuantas mujeres va a adelantar en la lista de espera?“. Muy bien chaval, muy elegante.

El citado community manager, un veinteañero, que escribe el blog de aquí, hace méritos en cada post para ascender pronto en el partido, aplicando el leirepajinismo de primera fila y aplauso al líder. ¿Hijo mío, crees que el Presidente Barreda no tendría ese trato preferente?, ¿Crees que no es algo natural? En esa guerra por los bajos fondos, hay cosas con las que no se puede disparar, si es que creemos en un mundo con la más mínima ética. Más que nada porque solo quien ha estado próximo al poder, puede conocer ciertas claves, y lo que el chico en cuestión hace, es algo menos novedoso que el Twitter, que se llama demagogia.


Las puertas del campo

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Lo de Ricky Gervais en los Globos de Oro está trayendo cola. En parte porque los medios de comunicación andan aturdidos y lo mismo te abren con una “Histórica ola de tiempo normal“, como con la revelaciones del twitter de tal o cual famoso. Y pregúntenle a mi madre qué es el tuiter ese. Si no, como ayer en Hora 25 de la SER, ponen a parir a Túnez ya que “en su nuevo gobierno todavía había ministros del anterior régimen“. Que lo digamos nosotros con un Fraga todavía senador, no deja de tener sus cojones.

El caso es que la polémica nos pone ante uno de mis temas favoritos: ¿Tiene límite el humor?, es decir ¿Se puede hacer humor con muertos, secuestrados, moribundos, discapacitados, alimañas, niños, humillados…? en realidad se hace, así que la pregunta es ¿Es lícito?

Hace bastantes años, cuando dirigía un magazín radiofónico en Guadalajara, tuve problemas con uno de los principales clientes de la radio: Central Nuclear de Trillo. En uno de los programas entrevisté a niños de Chernobyl que venían, como cada verano, en una especie de programa de oreo continental. Les comenté que vivir en Chernobyl e ir a Guadalajara (entonces con dos centrales nucleares) era como vivir en Disneylandia e irse de vacaciones a Eurodisney.

La broma no gustó, al punto que tuve que pedir disculpas públicas al día siguiente por mi osadía, y por si a la dichosa Central Nuclear le daba por retirar el pastiche que se dejaba en su contrato anual. En realidad los cómicos -y yo me lo considero- debemos tender hacia no perder la raíz histórica del concepto “bufón” que era aquel ser, desprovisto de dignidad, pero único en su legitimidad para reírse del propio rey en sus narices.

Poner límites a humor, la chanza, la parodia, es algo complejo. Hay formas y formas de afrontar los temas, claro está, pero evitar los tabúes de cada momento a la hora de satirizar, significa perder uno de los puntos de vista más ricos e inteligentes. Aunque os parezca increíble, hay una peli que me marcó en su momento (la pusieron en Días de cine, que sí, que Garci es un estirao gilipollas y lo que quieras, pero que a muchos nos ha enseñado un cojón, en sentido figurado), y que cuenta toda esta relación entre humor y sistema de valores -sistema en general, qué coño- mejor que un post. Sí Enrique Dans, ¡Mejor que un post!

La peli se llama Lenny, la dirigió Bob Fosse y Dustin Hoffman hace Lenny Bruce, un cómico norteamericano que tuvo problemas con la justicia de su país que, a base de querellas y arrestos contra el monologuista, consiguió arruinar su carrera. El último tramo del filme es una agobiante carrera hacia ninguna parte, plagada de frases descarnadas y momentos patéticos. La clásica pelea del hombre contra el muro. El muro sólo existe porque siempre hay un hombre intentando tirarlo. Pues eso.