Cuestión de cromosomas

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La revista Rolling Stone realiza un ejercicio que aúna el interés de todo aficionado a la música popular y del del público general, que básicamente busca enlazar con lo emocional, publicando un artículo sobre la influencia en nuestros gustos musicales de la música que les gustaba a nuestros padres y que, de alguna u otra manera, nos llegó en la infancia.

Mis años mozos están cosidos por trayectos que atravesaban el país desde Guadalajara hasta Gijón y vivecersa, animado por toda la puta discografía de Mecano, Albano y Romina Power, Alberto Cortez, Perales, y cintas recopilatorias de lo que sonaba en los 40 Principales, con canciones variopintas, hábilmente cortadas antes de que la voz del locutor las pisara. En defensa de mis padres he de decir que en la maletita de las cintas había obras de Luis Cobos, Mocedades, Sergio y Estíbaliz, Eros Ramazotti, y otras lindezas, que muy pocas veces salían a relucir.

En definitiva, cada viaje era una tortura de siete, u ocho horas, con mi hermana taladrando las historias de Eugenio Salvador Dalí, Aire, Laika y sus putos muertos en pepitoria. En casa música la justa. Obviamente en una familia obrera el concepto comprar un disco termina cuando se cumplen los 18, y tener hijos supone cerrar persianas, tanto por lo económico, como por la sensación de misión cumplida para con la Humanidad. Sólo cintas grabadas con discos de la Biblioteca Pública, lo que hoy se conoce como “piratería”, que entonces era lo más normal del mundo.

Pero mi padre tuvo un pasado, antes de perder el juicio y tirar por su veta más lírica (de los Eagles, Kenny Rogers, Engelbert Humperdink, y tal), atendiendo a la primera edición de Operación Triunfo, y todo tipo de personas que hagan gorgoritos. En ese pasado había nombres como Simon & Garfunkel, Supertramp, o Pink Foyd. Y a eso me enganché, a husmear un poco en el brillo de tiempo atrás, a escuchar aquel vinilo, el Animals, aquellos grandes éxitos de S&G con sus melodías redondas, y reconocibles si te educaron en colegio de curas.

Y de hurgar llegas al doble rojo de los Beatles que te encuentras un día tonto por casa, y del grupo que facturó el Animals aparece el The Piper at the Gates of Dawn, y todo cambia para siempre. Porque See Emily Play te produce el mismo destroce neuronal con catorce que con treinta. Qué brillante y qué raro. Entonces despegas y con el esnobismo como combustible descubres muchas cosas, te conviertes en un gilipollas descomunal que no puede hablar de música con nadie, sólo con otros gilipollas que tampoco pueden hablar de música con nadie. Con el paso de los años, retornas todo el rato a clásicos, te das cuenta que el tiempo es limitado para adorar nuevos becerros y ves el cajón de “novedades” con un cierto recelo. Digamos que con 30 escucho un 65% de clásicos, 35% novedades, y las diferencias, por lo que me dijo en su día Fran Nixon, irán in crescendo. De cualquier modo, siempre piensas que tienes razón.

Notas sobre el viaje a Asturias

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1. El Guggenheim es único. Y eso que hay dos. Me refiero a que pocas instalaciones han tenido un impacto transversal tan enorme en su entorno como el museo de Bilbao. El Guggenheim Bilbao es una idea que no ha tenido más remedio que revestirse de una carcasa en forma de construcción, dotarse de una programación… Para entendernos es una olimpiada para Barcelona. Encaja, proyecta, cambia y positiviza. Eso no se encuentra en el Niemeyer de Avilés. No se percibe efecto en la ciudad. Estéticamente no encaja. Es un giro forzado hacia un proyecto a corto plazo. Esos proyectos nacen muertos. Leyendo la prensa local, andan a hostias por la custodia de la criatura. Veremos.

2. Me sorprende la vitalidad de la calle. Acostumbrado a no ver seis meses seguidos la misma tienda en el mismo local, o el mismo chigre abierto. Bares llenos, comercios abiertos, gente, charlas, paseos, cafés. Lo único bueno que tienen los lugares en crisis constante (mis padres pertenecen a una diáspora brutal en los ochenta), es que la crisis global se nota mucho menos. Ni la Lisboa en coma, ni la Barcelona, que me cuentan, muerta. La vida allí sigue igual y es para bien.

3. Antes viajaba mucho a Asturias, cada tres o cuatro meses. De una vez para otra -tal cual- Gijón se convirtió en una viñeta de Jordi Labanda. Niños-cuentamé, pijas larguísimas, señoras con pedigrí, modernos de cuello vuelto, señores hiperestirados, perros de alto copete… eso sigue. Siguen las borlas y la pata de gallo, y las gasas y los taconazos y los perfumes que provocan subidas de azúcar. A medio camino entre el aldeanu que reniega, y el moderno que no alcanza.

4. Hace tiempo, en una entrevista con Chuky Piqueras, el presidente del gobierno contestaba con un lacónico “efectivamente, es un problema“, a la pregunta del periodista sobre la ineptitud del servicio estatal de empleo. Que el INEM es una mierda pinchada en un palo es una verdad absoluta, reconocida por los cargos públicos, y asumida por todo ciudadano. En Asturias es de coña: 110 ofertas de empleo para 80.000 parados. Debe ser una especie de estigma, un servicio estandarte, un símbolo, porque si no no me explico por qué seguir manteniendo la inutilidad. De traca.

5. La idea de mandarlo todo al carajo, y volver a una casita en mitad de un pueblín crece. Y crece.

Buenas Vibraciones

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Fue hace años. Vagaba por el Muelle de Gijón, que es una acción menos elástica de lo que parece, cuando me dejé guiar por un mínimo festival que me hizo aterrizar en un espigón aquella noche de agosto. No más de diez personas escuchando la música que había preparado un tal Ibon Errazkin.

Conocía al dj por aquel vinilo que pedí por correspondencia a Elefant Records, en un lote con el Impermeable de Carlos Berlanga, y un par de singles, de Metro y de Sing Sing. Elegí un maxisingle de Le Mans, una de las etiquetas con las que el donostiarra ha aportado música a los mortales. Pero aquella noche Ibon Errazkin estaba arriesgando con una colección de canciones absolutamente variopintas, mezclando estilos y ensamblándolos a la perfección. Jugó con las sensaciones de cualquier popero, levantándonos con el soul, el r&b, el hiphop… en una sesión fresca, sabia, emocionante.

El final nos dejó boquiabiertos: una versión de Good Vibrations de los Beach Boys, a cargo de un coro de niños. Final soberano. Brutal. Al punto que me obsesionó encontrar aquella canción, que me dió vueltas en la cabeza durante años. A fe que la busqué. Mails al sello de Errazkin, tiendas de discos, peinando la red…

La última pista me dejaba en un coro de niños de Chicago, el típico coro que va de guay por cantar a Nirvana. Y sin posibilidades de encontrar sus grabaciones. Su búsqueda me llegó a hacer parecer un loco gilipollas en las tiendas de discos. Les preguntaba por un coro de niños, que versionaba a Brian Wilson, que si les llegaba algo…

Pasa que muchos años después, vuelves de vacaciones y buscas información sobre un fanático ultraderechista noruego, y te encuentras un artículo sobre The Langley Schools. Te cuenta que el ser vivo tras el proyecto se llama Hans Fendger, que Brian Linds lo puso en manos y oídos de unos cuantos (probablemente de Ibon Errazkin). El post vale mucho la pena, y ofrece varias canciones del proyecto. Entre otras, esta:

El gran atraco

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-Hoy hace treinta años, doscientos y pico rehenes salían en estampida de la sede del Banco Central en Barcelona. La teoría dice que once delincuentes comunes se metieron en el Banco para robar dinero. Tomaron a los rehenes y pidieron la libertad de Tejero, que tres meses antes había intentado el golpe de Estado. Felipe González, entonces en la oposición, dice que creer eso es una locura. Los rehenes aseguran que desempaquetaron el dinero, se subieron en una montaña y se fumaron un cigarro, para luego volver a empaquetarlo, por lo que el móvil del atraco no era creíble.

-La realidad dice que es complicado que once delincuentes comunes tuvieran en jaque al Estado durante treinta horas (los GEOS entraron a sangre y fuego pasado ese plazo). Una entrevista Juan Martínez, el Rubio, único atracador que sigue vivo, dice en este documental (aquí) que los servicios de inteligencia subdirigidos por Manglano (su biografía vale un potosí), les contrataron para robar un maletín con papeles del 23F. Les prometieron 50 millones de pesetas y un millón de dólares por barba en un banco suizo. El atracador asegura que en el maletín había evidencias que implicaban al Rey Juan Carlos en el 23F.

-Sea como fuere, con teorías de la conspiración ikerjimenianas o no, lo cierto es que es uno de los puntos más difusos de nuestra historia, difícilmente documentado, y muy ligeramente tratado, por ello huele a momento clave de eso que hemos llamado “transición”. El documental de TVE no tiene desperdicio. Por si os apetece desintoxicar de tanta salida de la crisis como hay.

-También es el cumple de Robert Allen Zimmerman. En casa tengo un catálogo de la tienda de discos Discoteca, de Gijón, de 1970, que perteneció a mi madre. Allí aparecía, además de Jaime Morey (solista implicado años después en el caso Gescartera, tras hacer famoso en el 72Talonario de cheques), el primer Grandes éxitos de Bob. El primer paso de la podredumbre de la industria musical, fue lanzar Greatest Hits de cantantes con treinta y nueve años.

#manubravo

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Creo que uno de los puntos más apasionantes del debate sobre las nuevas formas de contar cosas, radica en la relación entre los medios tradicionales, y los que surgen de las posibilidades que abre Internet. Frente a los gurús de la red, siempre he defendido el peso brutal de teles, y radios y, algo menos de la prensa tradicional, que venía herida de muerte desde hace tiempo.

Hay quien hace apuestas por ver cuál es el diario de papel que echará el cierre primero, sin preocuparse por el proyecto informativo online que será rentable primero. Preguntad en la calle por Enrique Dans, y hacedlo por Matías Prats. Las personalidades offline se convierten, ipso facto, en celebrities online. Desde pioneros como Buenafuente, hasta recién llegados como Leo Messi que, en las 7 primeras horas de vida de su fanpage en Facebook, registró 7 millones de fans, que se dice pronto.

A la inversa, me llama la atención lo estanco del mundo socialmedia, representado por el instrumento que mejor mezcla lo popular con lo trendy: Twitter. Suficientemente minoritario como para gustar a unos, y sobradamente conocido como para importar a muchos (2 millones de cuentas en España, un tercio de ellas empleada, y una décima parte que aportan contenido).

Estudian pagar a los redactores en función al número de visitas que generan. Estudian que las empresas entren en las Universidades con la rentabilidad por delante. Una rentabilidad que, según cree la UE, podría marcar nuestros salarios. ¿Quién definirá los conceptos?, ¿Quien rellenará el significado de la palabra “rentabilidad”? Como siempre sucede en este, nuestro capitalismo, el problema no son las letras que forman palabras y teorías como la del libre mercado o competencia. El problema está en la definición, y en la desviación entre teoría y realidad.

Manu Brabo es un fotógrafo de Gijón. Quinto mío. Estaba cubriendo en Libia la guerra civil cuando las fuerzas de Gadafi le sorprendieron, junto a otros compañeros, y le secuestraron. Ha aparecido en informativos de medios on y offline. Su cuenta de Twitter tiene 134 seguidores. Pues eso. Rumbo directo al populismo.