¿El smartphone? Lo inventé yo.

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Siempre me han hecho gracia las personas egocéntricas. Y no quiero entrar en si la sociedad actual es particularmente egocéntrica, y demás. Parto de la base de que el personal lo es, pero, eliminando esa capa de egocentrismo que daríamos por natural, me quiero referir a las personas egocéntricas de verdad, a las extra, a los del ego tamaño familiar/envase ahorro. Desde las celebrities que se “han hecho a sí mismas”, que han empezado “desde abajo”, hasta nuestros semejantes que, poco menos, han inventado la pólvora.

Podríamos encontrar excepciones, al considerar que Paula Vazquez se ha hecho a sí misma. Con ayuda médica, claro está, pero vamos que lleva razón. O que la carrera de Monica Lewinsky empezó desde abajo. O que el chino que inventó la pólvora jamás lo reconoció, por modestia. Nótese el simpático etnocentrismo a la hora de escribir la historia: “La pólvora se inventa en China, aproximadamente en el siglo IX“. Eso sí que es un trabajo de investigación, cojones.

Cada vez que me cruzo con un egocéntrico paso por las mismas fases. La primera dura un minuto, es una reflexión sobre lo jodidamente patético que debo parecer cuando hago alguno de mis alardes, ya que reconozco como uno de los suyos. La segundo dura algo más y trato de establecer contacto con la mirada en caso de que hubiese uno o varios terceros en la conversación, en plan “tío, dime que tú también lo estás oyendo”. La tercera fase es la definitiva, y en ella clasifico al sujeto en cuestión, bien como un personaje divertido y entrañable, bien como un insoportable ser con el que tendré que vivir atrincherado el día que Buffy Cazaegocéntricos decida venir por nuestra zona.

La humildad, queridos amigos, es fundamental. Ya lo dijo Jesucristo. Y Rafa Nadal.