Teleserie

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Dentro de las cosas locas que he hecho en la vida, trabajar en la tele ha sido una de las que estaría en mi top five. Si te dicen que en cuatro meses vas a vivir rodeado de tías buenas, no vas a dormir más de dos días seguidos en casa, te vas a poner en casi cien kilos, sólo consumirás comida basura y estimulantes, y conocerás la noche de media Europa, creerías que te acaban de contratar como nuevo bajista de los Arctic Monkeys. Y no.

Empecé escribiendo guiones que tenían que ser la quintaesencia de la ironía y, al segundo programa, y tras chocar en horario con Buenafuente, la directora del cotarro entró el la redacción a voces, diciendo aquel “¡Señores, a partir de ahora tetas y culos, tetas y culos!” Y donde manda patrón… tetas y culos. Fueron meses detrás de reporteras-cañón (había quien no sabía quién era Santiago Carrillo, o quien llamó “Ministra” a la vicepresidenta del Gobierno). Empecé a las puertas del Congreso y acabé en el 80 cumpleaños de Hugh Heffner

Mientras, escribíamos preguntas presuntamente graciosas para un público al que considerábamos salido y gilipollas. Ese era el target. La columna de televisión de El País calificó el estreno de “tedioso“. Pobrecillos, lo que les quedaría por sufrir. Afortunadamente, supongo que instados por el Ministerio de Sanidad, TVE nos bailó tanto de horario, que ni a los salidos gilipollas encontrábamos, así que al cuarto dato por debajo del 12% de share, nos fuimos a la puta calle.

Cosas que aprendí:

1- Nadie asume los fracasos. En este país se considera que el liderazgo se basa en no asumir los fracasos. Los que están por debajo, por miedo a que el teléfono no vuelva a sonar, no dudan de esa condición de triunfadores eternos que tienen sus jefes.

2- Si te planteas trabajar en la tele, asegúrate de que el contrato se parezca lo más posible a una recreación literaria o aproximada de la realidad. En nuestro caso, la mayor reivindicación sindical, fue que no nos despidieran los viernes, para volver a contratarnos los lunes. Más que nada porque también trabajábamos los fines de semana.

3- Si crees que existe alguna especie de teoría en virtud de las cual las cadenas compran uno u otro formato, vas listo. En el 10% de los casos se trata de una moda, el 40% porque viene patrocinado, y el otro 50% porque desde la cadena le deben un favor a la productora, o porque el directivo de esa cadena quiere un retiro dorado en esa productora.

4- Si vas de Madrid a Sevilla, de Sevilla a Eindhoven, de Eindhoven – escala en Milán- a Sevilla, y de Sevilla a Madrid en 24 horas… duerme cuando puedas, en vez de vivir la noche andaluza, aunque en un tablao esté el doble de Falete.

#manubravo

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Creo que uno de los puntos más apasionantes del debate sobre las nuevas formas de contar cosas, radica en la relación entre los medios tradicionales, y los que surgen de las posibilidades que abre Internet. Frente a los gurús de la red, siempre he defendido el peso brutal de teles, y radios y, algo menos de la prensa tradicional, que venía herida de muerte desde hace tiempo.

Hay quien hace apuestas por ver cuál es el diario de papel que echará el cierre primero, sin preocuparse por el proyecto informativo online que será rentable primero. Preguntad en la calle por Enrique Dans, y hacedlo por Matías Prats. Las personalidades offline se convierten, ipso facto, en celebrities online. Desde pioneros como Buenafuente, hasta recién llegados como Leo Messi que, en las 7 primeras horas de vida de su fanpage en Facebook, registró 7 millones de fans, que se dice pronto.

A la inversa, me llama la atención lo estanco del mundo socialmedia, representado por el instrumento que mejor mezcla lo popular con lo trendy: Twitter. Suficientemente minoritario como para gustar a unos, y sobradamente conocido como para importar a muchos (2 millones de cuentas en España, un tercio de ellas empleada, y una décima parte que aportan contenido).

Estudian pagar a los redactores en función al número de visitas que generan. Estudian que las empresas entren en las Universidades con la rentabilidad por delante. Una rentabilidad que, según cree la UE, podría marcar nuestros salarios. ¿Quién definirá los conceptos?, ¿Quien rellenará el significado de la palabra “rentabilidad”? Como siempre sucede en este, nuestro capitalismo, el problema no son las letras que forman palabras y teorías como la del libre mercado o competencia. El problema está en la definición, y en la desviación entre teoría y realidad.

Manu Brabo es un fotógrafo de Gijón. Quinto mío. Estaba cubriendo en Libia la guerra civil cuando las fuerzas de Gadafi le sorprendieron, junto a otros compañeros, y le secuestraron. Ha aparecido en informativos de medios on y offline. Su cuenta de Twitter tiene 134 seguidores. Pues eso. Rumbo directo al populismo.

Dark side of the Tube

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Supongo que todos hemos pasado por malos momentos, y eso es lo que me hizo no darle demasiadas vueltas a aquel. Estuve trabajando de teleoperador. Ocho días duré. El que se consideraba heredero natural de Buenafuente con veintiún años, víctima de su propio éxito con veinticinco y  muerto en accidente de tráfico como un mito, a los veintisiete estaba en la más cruda realidad de fichar a las nueve, salir a las tres y parar cinco minutos cada hora.

Da igual ir leyendo a Stanislav Lem en el metro. La realidad de lo que era una incipiente crisis, el descaro y la valentía del riesgo, tienen una cara amarga, que no es la que sale en los periódicos. Es un lado sobre el que se construye el lucido. Por cada Zuckerberg en portada, hay treinta mil que se quedan en el camino, y tres mil que merecen no quedarse. Yo estaba apeado, y la tele me metió en la cabeza que era de los tres mil, aunque el convenio de teleoperadores planteaba dudas razonables.

Era una campaña puntual, veinticinco candidatos -la mitad con titulación universitaria- y eligieron a cuatro. A mí el primero. El segundo un ingeniero químico, y el tercero un tipo que llevaba quince años en la empresa, rotando de campaña en campaña. Durante esos ocho días no sólo vi la normalidad con que tenemos asumidos determinados trabajos que recuerdan a la era industrial, sino que pude ver a gente feliz y satisfecha con sus ocupaciones.

Había un tipo paseando de puesto en puesto y dando voces para animar al personal y, cada ADSL vendido, sonaba una campana y le daban algo de merchandising de Vodafone. A los pocos días, el tercer tipo del que os hablé, que tendría unos cuarenta, pero aparentaba diez o doce años más, nos contó que le estaban haciendo mobbing, arrastrando de campaña en campaña, de cliente en cliente, de producto en producto, de centro de trabajo en centro de trabajo.

Su pelo cano, aplastado contra la cabeza, su ropa humilde y gris, rancia, su pequeña mochila en la que apenas cabía una botella de plástico de agua que reutilizaba, y su discurso timorato y acelerado sobre lo que le estaba pasando. Y siempre un punto final como de tragedia, como si no pudiera hacer otra cosa con su vida, como si el destino estuviera escrito y el suyo fuera llegar a los mil euros en aquellos cubículos asquerosos, azotado por los gritos de responsables que podrían ser sus hijos.

Hoy ha entrado en el metro. En la otra parte del vagón. De espaldas a la gente, mirando al cristal, con su pequeña mochila y hablando solo. Han pasado muchos años, pero se me ha encogido tanto el alma, que no quiero ni que este post tenga un final más elaborado que esto.

foto: flickr.com/nicolas_mt

Puertas tapiadas

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(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Puertas tapiadas” fue publicado el 22 de septiembre de 2009″)

El sábado por la mañana me hice a mí mismo un recorrido turístico por los lugares de Guadalajara que, para bien o para mal, me han convertido en lo que soy. Lo que sea que soy, que seguro que es algo. Estuve en el cole en el que pasé diez años, apostado frente a las rejas por donde hace mucho ví atravesar a un microscópico y revoltoso gitano, aprendiz de Copperfield, y torcí por la calle de los putis, que bajábamos corriendo tras llamar a la puerta. Me dí de bruces con el callejón donde se pegaron ÁngelSergio, los representantes testosterónicos del A y el B. Se hicieron sangre y todo.

El campo en el que jugamos el primer partido de la historia de mi equipo es ahora un hermoso y deshabitado bloque de viviendas, cuajado de carteles de “se vende“. Tiene tantos que parece que alguien tendrá que ir a recolectarlos, o se caerá el edificio. Antes era un solar, picado por algunas matas rebeldes, limitado por dos porterías, y adornado por un buen número de boñigas de oveja. Esperaba que construyeran un parque, un polideportivo o algo así, pero mira. Me salta el pilotito de “metáfora”, pero piso el turbo porque sé que se desactiva. Mirar hacia otro lado es una de mis especialidades.

El parque donde dí el primer beso -podría ir al espacio público donde follé por primera vez, pero me parecía algo ruín y miserable incluírlo en tan glorioso tour, así que se cayó del programa- está como estaba. Arizónicas aferradas a la tierra, marcando la disposición rara de los senderos, como para que cientos de parejas se den el primer beso sin que ninguna moleste a la otra. Cuando digo que dí el primer beso, es que lo dí, ella recibió ese noble arte que tanto había ensayado con la almohada. Recuerdo que me empalmé, y eso sí que no lo esperaba, así que me separé un poquito  de la chica, para no parecer un vicioso.

Las puertas de las dos radios me traen escalofríos de madrugones, navajazos, y toneladas de café. El trayecto entre ellas cuenta la historia de una estrella que brilla en degradé, pero que puede pasear con la cabeza alta, y eso no se compra con prestigio -”más vale ser estrella en provincias que uno más en la capital“, me dijo un amigo-, pero nadie ha dicho que no se compre con dinero. Esperaba que, a mi edad, sería ya el nuevo Buenafuente, y mira. Todavía no podría ir a una de esas fiestas de aniversario de promoción, porque me verían como un fracasado. Estoy esperando salir en portada del EP3 para no tener que dar explicaciones.

n53232036999_4798El garito en el que pinchaba está cerrado. A cal y canto es poco: han tapiado la puerta. Miré el pequeño escalón, que predecía el gran póster que anunciaba quedjRob Gordon pinchaba aquella noche una de sus sesiones “vendí la silla de ruedas de mamá”, donde el soul y el pop marcaron el tiempo de las últimas noches largas alcarreñas, antes de que los políticos decidieran que, a las tres de la mañana, o eres tunero, o te vas a tu casa. Esperaba que lo cogiera otro dueño, y que pusiera Rafaella Carrá, y Madonna, y esas mierdas para oficinistas que se disfrazan de divertidos los sábados, pero mira.

Mañana cumplo veintiocho años, y pensaba que con veintiocho no sería viejo, pero mira.