Por Gonzalo Vázquez

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"Y no pasa nada. Una parte de mí, la misma que ahora aplasta la pena,
está satisfecha. Porque uno sabe perfectamente cuando lo ha intentado
y cuando ya no puede hacer más. A un par de millas del ecuador de la
vida me he dado por fin cuenta de que la distancia es mi sitio, de que
hay algo muy digno en las afueras de mi profesión y que tal vez
encuentre allí el único lugar apacible donde poder hacer lo que a estas
alturas mi experiencia me dice que es lo mejor, o tal vez lo único que
sé hacer."

Gonzalo Vázquez, NYC, 2012

Foto: Antonio Gil/Michael da Costa para JotDown

La estufa provoca una corriente de aire caliente que se eleva en el salón y que, por una serie de rebotes casuales, indice sobre la llama de una vela. El aire sobre la llama provoca un efecto extraño y la convierte en una bola de luz intermitente, como una especie de pelota de baloncesto botando. La intermitencia es regular y deforma la llama cada cero coma ocho segundos. En cero coma ocho segundos sólo da tiempo a que entre en tu bandeja de correo una newsletter a la que no recuerdas haberte suscrito nunca. Entre la estufa y la llama hay espacio intermedio. Entre newsletter y newsletter hay espacio intermedio.

Con veinte años tenía claro que sería el heredero de Buenafuente. Ascensión meteórica, talento, aplausos, culto. Siete años más tarde entraba a las 8 de la mañana en un puesto de teleoperador en Suances, dispuesto a vender ADSL de Vodafone por teléfono. Salía corriendo a las 14 para que el metro de dejara llegar a casa a las 15, logarme y moderar comentarios del 20 Minutos. Ciento veinte comentarios por minuto durante cuatro horas. Entre los dos trabajos, ochocientos sesenta euros. A partir de las siete, pelea por una idea millonaria. Se me giró el embudo del mundo. Y entre los veinte y los veintisiete años, espacio.

No puedes pretender hacer periodismo y que te paguen por ello. Te pagan si eres un vocero, si reproduces roles, si ayudas a los dueños a mantener un estatus mentiroso que gana en la portada lo que mata con letra pequeña. La historia de mi generación es la historia del desencanto, de la pelea por zurcir futuros rotos, de la búsqueda desesperada de los papeles con promesas que jamás volverán a aparecer. El camino hacia la derrota es el más interesante de nuestras vidas, pero pensar que la derrota no llega es un suicidio sentimental.

Ahora mismo escucho en la radio a uno de los voceros, contando las declaraciones de la novia de un jugador del Milán. Mientras tanto, Gonzalo Vázquez, un ensayista metido a escritor de baloncesto, el hombre que ocultaba la miseria y la envolvía en belleza, está regresando en un vuelo barato, mascando su fracaso, retorcido por la tuberculosis. La derrota de Gonzalo ha sido verdaderamente maravillosa. Una gran derrota plagada de humillación, incomprensión, dolor, y periodismo. Que retiren su camiseta. Y mi sombrero por usted, señor Vazquez.

Restituir la honorabilidad

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Detalles:

-Movimiento de Costa detrás. Le pica el trasero. No es capaz de acomodarse. Sabe que en unos minutos, escucharán su conversación con El Bigotes en la que le dice: “¿Tú vas a cenar con éste (Camps), no? Podrías decirle que me tiene socarrado, que como secretario general podría ser más útil si me pusiera en el Gobierno“. El Bigotes‘ responde; “Tranquilo, pensaba darle de lo lindo por varios sitios“.

-La implicación de la prensa en el ajo “…he comido con el director del Levante y con el subdirector (…) es un poco el impuesto revolucionario (..) dicen que les ha bajado mucho la publicidad y quieren hacer cosas muy bonitas que parezca que están hechas sin pagar (…) no me importaría pagar 7 u 8 mil euros si no le pegan hostias“. Ese es el papel en todo esto del cuarto poder. Ahora que los periodistas sigan echando la culpa de sus miserias a Internet.

-Camps no se anda con chiquitas. Quiere sentarse con Obama. Podría llevarse a Josep Piqué para que le diera un par de cabezazos como le dio en su día a Bush.

-Hablando de Josep Piqué, hay voces que sitúan a su esposa, Gloria Lomana, actual directora de informativos de Antena Tres, al frente de RTVE. Lomana y la mujer de Javier Arenas son íntimas. Javier Arenas está presionando para que Gloria Lomana presida RTVE. Imaginan ustedes cómo trataría este caso RTVE, y cómo lo está tratando ahora mismo Antena Tres. Volvemos a lo de los periodistas.

-Vaya por delante que la trama Gürtel se nutrió de sus actividades en la Comunidad de Madrid. El nuevo Ministro de Justicia fue presidente de la Comunidad de Madrid, y alcalde de la capital durante los años en los que la Gürtel campó a sus anchas.

-Con Zapatero, PRISA accedió a un canal en abierto, Cuatro, que hasta entonces tuvo prohibido. Nació La Sexta, dirigida por un tipo que jugaba con él al baloncesto en la Moncloa. Con Aznar, Telefónica entró en Antena Tres. La compañía de telecomunicaciones estaba en manos de un compañero de pupitre. El cuarto (del) poder convirtió, merced a Urdaci, un sindicato en las siglas más famosas de la tele.

-La honorabilidad puesta en tela de juicio no zozobra con la acusación, lo hace con la sentencia. Y no es a un político corrupto y bastante casposillo. Se trata de restituir la honaribilidad del legislativo (políticos), ejecutivo (gobierno), judicial, y prensa. Ahí es nada.

Hasta los couponing

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Los gurús del marketing llaman couponing al fenómeno popularizado por empresas online como Groupon, Groupalia, o Letsbonus, que consiste en lanzar a una base de usuarios, una serie de ofertas imbatibles en bienes y servicios, habitualmente relacionados con el ocio (aunque ya vimos casos de abogados expertos en separaciones). Descuentos salvajes, de hasta un 70%, llegan a cientos de miles de bandejas de correo cada día. Quien propone la oferta se beneficia de la base de datos de la empresa distribuidora, ésta de los contenidos que le reportan los oferentes, y los clientes de unos precios fuera de toda competitividad.

Parece evidente que se trata de reclamos empleados a modo de gancho, que persiguen que el spa, el patinaje sobre hielo, o la cocina asiática, entren en la rutina de los consumidores, atufados por el exceso de oferta. Es decir, que se aproveche la oferta, con la que los oferentes pierden dinero, pero ganan clientes a medio y largo plazo, que compensan la inversión. Como en toda herramienta de marketing, sobran empresas que no obtendrán rédito y que jamás encontrarán hueco en la herramienta, más que por puro esnobismo.

No son pocas las voces que ya hablan de una tipología de cliente adicto al couponing. Hordas de seres vivos capaces de vivir de ese tipo de descuentos. Lo que mi abuela llamaba “ir a las ofertas”. No sé yo si hay quien pueda ir con el culo al aire, con la idea de que en los próximos días la web de turno saque el 80% de descuento en Levi´s. No todos los días, creo, te apetece pagar 29 euros en vez de 76 por un menú con cochinillo y guarnición, entrantes y vino para dos personas, o 55 euros en vez de 159 para cuatro. El caso es que funciona, hay empresas contentas con el servicio, clientes satisfechos, y empresas de couponing que parece que sólo peligran por el canivalismo entre ellas.

Las empresas que no han querido entrar en ese rollo -o cuyo producto no les ha permitido entrar-, empiezan a cuestionar el modelo de negocio. Hablan de un cliente educado en la oferta, que dejará de valorar otras opciones que no sean las vinculadas a descuentos. Dicen que una vez que alguien paga 10 euros por 2 noches en un hotel, no querrá volver a pagar 135. Tampoco queríamos que nos subieran el IVA, y lo subieron, digo.

Se puede coincidir en que lanzar productos a precio muy bajo, incluso por debajo del precio de coste, es difícilmente sostenible. Lo que no entiendo son las quejas y alarmas. Cuando las grandes marcas deslocalizaron sus fábricas manufactureras y se las llevaron a China, Vietnam, o cualquier otro postor que garantizara la ausencia de derechos laborales, incluso humanos, para con la nueva mano de obra, nadie dijo que fuera insostenible. Pensaban que siempre habría mercados emergentes que, merced al flujo internacional del capital sin traba alguna, adquirirían los productos.

Los comienzos de la globalización se basaron en la alegría cortoplacista del ahorro de costes, y la cómoda distribución puntual donde estuviera el cliente. El efecto dominó de: pauperización de las condiciones laborales, empujón a la baja de los salarios, e incapacidad que la demanda para absorber la oferta, se olvidaba con la famosa “mano invisible” que todo lo equilibra. Pero la mano invisible tendría que trabajar mucho. Se necesitaban muchas manos invisibles. Un pulpo invisible, de hecho. En ese momento no, el sistema era perfectamente sostenible.

Antes de que me dé un arrebato de locura, y comience a pintar las calles con exhortaciones al fordismo, y llamamientos al crecimiento económico autocentrado, voy a ver si encuentro 19 euros para hacerme con un pack de dos luces LED indicadoras para neumáticos. Que antes estaban a 39.

Pedos Pe

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Semana convulsa en la red. El cierre de Megaupload por parte del FBI ha tenido réplica en blogs, portales y medios de todo el mundo, y parece que la red, mayoritariamente, se manifiesta en contra del asunto. Se ve que nos jode más que nos quiten las pelis gratis, a que nos dejen sin educación o sanidad gratuita y de calidad. Qué jodido demagogo, ¿Verdad? Ya. Demagogo es mi segundo nombre.

Partamos de la base de que todos odiamos la industria. En realidad lo que odiamos es pagar a la industria, la industria en sí nos parece de puta madre. Pongamos el caso de “un amigo” que cuando tenía 17 años, y su madre le daba mil pelas a la semana, le jodía ir a la Fnac y dejarse 3.200 en un disco. Significaba no salir en un mes, así que cuando conoce el Emule, flipa en colores, y comienza a ser almacenador compulsivo de música, dando rienda suelta a su síndrome de Diógenes musical. ¿El último de Morrisey?, ¡Coño, toda la discografía de The Smiths y Morrisey! Y así con mil artistas.

Podríamos considerar que el precio medio del cedé era de unos 17 euros, y que en dos años ese amigo se bajó unos 1.500 discos, así que tendría un contenido con un valor en el mercado de 25.500 euros. Huelga decir que, de no haber nacido en los ochenta del siglo pasado y no haber conocido las posibilidades de la red, mi amigo no se hubiera comprado los 1.500 discos, es decir, el “agujero” a la industria no es el valor de la música bajada, de hecho es posible que el valor real esté entre el 1%, y el 2% del total de lo que se ha bajado, esto es, unos 250-500 euros. Ese es el agujero real a la industria. Pero mi amigo, gracias a todo lo que se ha bajado, ha conocido otros grupos que le han llevado a amar a otros -digo amar-, y se ha comprado cosas de esos grupos. El vínculo emocional le ha llevado a querer apoyar con la compra a esos artistas, y probablemente se habrá gastado en esa “inversión en compromiso” una cantidad similar a esos 250-500 euros. La polla el argumento, ¿Eh?

La historia es que si los discos hubieran costado 1.000 pelas, le hubiera jodido menos la excursión a la Fnac, pero no hubiera variado su comportamiento cuando se abrió la veda con la revolución Napster y el P2P. ¿Ha sido la industria la que se ha cargado el negocio? Pues no y sí. No, porque por más caros que estuvieran los discos, pelis, etc., esto no ha variado la velocidad a la que ha evolucionado la tecnología. Sí, porque no parece que se hayan adaptado para nada a las nuevas formas de distribución. Hablo de las multis, hay pequeños proyectos que lo han sabido hacer fenomenal. Esos pequeños proyectos mantienen la cultura, que no la industria de cultura masiva. En definitiva, hay unos señores que han realizado productos de manera tradicional, basándose en un modelo de negocio que cada vez parece más débil -grandes producciones de discos, pelis, series-, y que han pasado por canales de distribución diferentes a lo que esperaban. Han entrenado para jugar al fútbol, y les han plantado en una cancha de baloncesto. Pero también hay unos señores que, basándose en determinados vacíos legales han hecho un buen negocio con un contenido, una obra, un trabajo, que no era suyo, y sobre el que no tenían, ni dejaban de tener, ningún derecho.

Por ello me gustaría decir que no entiendo por qué la red está de uñas con la idea de que se combatan este tipo de negocios, porque es de cajón de madera de pino. ¿Que la forma en la que se ataca es torticera, rancia y equivocada? No lo discuto, sobretodo por los retos que representan para los legisladores a nivel privacidad, pero es evidente que la red ha propuesto muy poco al respecto. Y que el cierre de Megaupload, o cualquier página por el estilo, va a frenar muy poco un cambio de paradigma irrefrenable. Y que sí, que siempre hemos intercambiado cintas y todo eso. Pesados. Estamos en otro mundo. El mundo de compartir, de crecer juntos, de crear nuevas formas de hacer dinero, y en una democratización del acceso a la información, pero existe un problema con todo el contenido que no nació para jugar ese juego, y se ha dado la espalda a ese problema.

Creo que se ha sido muy ligero con la ética en todo este cambio, y que no se puede crear una industria “limpia”, nueva, y moralmente superior, saltando determinados temas que son fundamentales para el arraigo de la misma. Ni con líderes que se gastan los beneficios de Megaupload en alquilar yates, o tener un helicóptero privado. Eso sí que me suena a industria vieja. Los que lideran la tecnología no pueden ser tan tiranos, no se pueden ofrecer al dinero y al poder, igual que la industria a la que reemplazan. O por lo menos no pueden quejarse si su actitud es perseguida. Creo que la nueva industria lanza proclamas demagógicas y excesivas, exigiendo al mundo repensarse en cuestión de meses, y que la vieja industria, agobiada por los números y la falta de sensibilidad, se defiende con la misma agresividad, sin espacio para construir.

Queridos niños

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Querido niño catalán, que no te veas con diarrea. Tu gobierno, o govern por ser más chulos, ha dictaminado que necesitas 25 metros de papel higiénico para limpiarte el culo. Las chicas lo llevan clarinete, porque mantengo la tesis de que las chicas utilizan demasiado papel higiénico, kilómetros y kilómetros cada día. He vivido sólo y en pareja, y cuando vivía sólo enterraba el cilindro de cartón al acabar el rollo, y le hacía una misa recordando todos los años que habíamos vivido juntos. Creo que las chicas no valoran lo que cuesta el papel, no tienen en cuenta lo que han luchado muchas generaciones para que tengamos derecho a papel higiénico. De hecho creo que para limpiarse, construyen una especie de colchón de papel higiénico, y se lanzan en plancha.

Querido niño alcarreño, que no te veas faltando a clase. Tu colegio considera que para comunicarse con tus padres basta con una llamada perdida, con un cuelga, con un toque. Tus padres lo verán, y devolverán la llamada o, si sufren las consecuencias de la crisis, devolverán el toque en lo que supondría un bucle interminable de cuelgas. Esos toques acaban con el egoísta que coge el teléfono por equivocación, y con su interlocutor, que le dice “¡Joder, que era un toque!“. Ya sabes niño alcarreño, en lo que amaestran palomas mensajeras, intenta no faltar a clase, ni liarla en el colegio.

Querido niño alicantino, que no te veas. No te veas en general, porque tu colegio puede que lleve un tiempecito sin pagar las facturas de la luz. Cuando crezcas te darás cuenta de que los colegios han vivido muy por encima de sus posibilidades, han contratado strippers para animar las clases, a la Orquesta Sinfónica de San Pertersburgo para interpretar, en directo, el timbre de la hora del recreo, y a catedráticos de Harvard para hacer con la máquina Dymo pegatinas con vuestros nombres. Bueno, todo eso no ha pasado, pero porque ni Matas, ni Roca eran directores. Aún así aprenderás que luego llegó la crisis del ladrillo, las vacas flacas, los malos tiempos, y que tu cole pagó las consecuencias.

Pero no os preocupéis queridos niños. No está en mi intención ensombrecer la lozana alegría de vuestros agitados corazones infantiles. Pensad en el futuro: os formaréis, haréis un par de masters del ESIC, os marcharéis a Kuala Lumpur, y apareceréis en la trigésima temporada de Españoles por el mundo, contando que estáis de puta madre, ganando una pasta, en un casoplón rodeados de gente guapa, conduciendo cochazos, y diciendo que echáis de menos la sopita de mamá.