“La verdad no es un compromiso entre sus diferentes versiones. Y, sin embargo, potentes aparatos de influencia saturan el espacio informativo con versiones y contraversiones destinadas a falsear la realidad. Más que informar, lo que hace este tipo de periodismo es desinformar. Porque la falsa neutralidad del periodismo de versiones otorga las mismas oportunidades a quien dice la verdad que a quien miente.”
Milagros Pérez Oliva en su última intervención como defensora del lector para El País.
Hoy nos hemos encontrado con una realidad pintada a medida del lector. Después del caso del “sindicalista rico”, en Madrid desayunamos con el “activista rico”, porque para la derecha ser rico implica pertenecer a una clase, y ser rico y criticar a esa clase implica ser un falso, y a la derecha nada le parece peor que ser falso. Hay que ser de marca. Para defender a los pobres hay que ser pobre, hay que sufrir. Aquí está el artículo en el que el diario El Mundo miente, y aquí el post del rojeras Escolar en el que pone el contrapunto a la pseudoinformación de Recoletos.
Es la enésima vez que el diario de Pedro Jota miente. Me contaba un amigo que, en pleno debate sobre la portada del día siguiente, el director apostó por la enésima chorrada de Lady Gaga, en uno de esos días cargados de información. Al día siguiente, con la discusión ya fría, Pedro Jota se acercaba triunfal a sus redactores con los datos de visitas de la noticia de Lady Gaga. Lección de periodismo.
La defensora del lector en El País se marcha. Milagros Pérez Oliva cierra una etapa de tres años repletos de artículos memorables, y ejercicios de corporativismo-soft, pero siempre con un trasfondo incisivo, siempre dejando que lo interesante estuviera fuera de la fotografía. Su última aportación es un pequeño testamento, una joya un tanto evidente, y suficientemente oculta, que atiza a unos y otros, y que representa la honestidad que, por ejemplo el Descodificador de Pérez de Albéniz, simbolizó durante años en la versión digital de El Mundo.
Comía ayer con mis padres, y mi señor progenitor atizaba a los sindicatos ricos con argumentos precocinados en el horno de la TDT, en esos canales que se pierden en el mundo de los dos dígitos, sólo avivados por adictos a las comedias ligeras y banqueros expresidiarios. Esos canales que tanto amor despiertan en los varones de clase obrera de la generación de mis padres: los que asumieron la dialéctica de la postguerra, pero mostraron la mayor de las indiferencias políticas, siempre con la mano ligera para aplaudir la demagogia.
Con respecto a lo de los sindicalistas ricos, escribe Pérez Oliva sobre cómo nos manipulan los medios: “Piensen en todos esos imputados por corrupción que se presentan como víctimas de una persecución política. Piensen en esos sindicalistas presentados como expoliadores, mientras los expoliadores aparecen como brillantes gestores“. Da pena ver a los gestores moviéndose en la irresponsabilidad, con la seguridad de que los medios siguen construyendo argumentos raquíticos que perpetúan la debilidad ya endémica del demos.

