Tres años

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Saltó del coche con el nerviosismo que atribuí al viaje, pero que que se convirtió en la característica principal de su personalidad. Con ese rabo mutilado, convertido en hélice, siempre a punto del despegue. Con seis meses de vida y varios traumas, un chucho negro e inquieto asomaba el hocico a la glorieta de Embajadores, y echaba su primer pis cuando se cruzó un autobús, atronando sus peores recuerdos.

Olores nuevos, lugares extraños. Primeros días caóticos en los que devoró un kilo de patatas crudas, tres manzanas, un litro de leche, y otro de zumo de naranja. Había decidido que mi ausencia era el momento perfecto para darse un buen festín. Las estrategias que dispuse siempre eran poco para ella, que convirtió la basura y el saco de pienso en sus principales objetivos. Cuando te haces con un animal que sufre ansiedad por separación, no sabes a lo que te expones, pero tu vida se traslada a metro y medio de altura.

Pasas por diferentes fases: empatía, nerviosismo, ira, desesperación, hasta llegar a la comprensión. Entender que las cosas no son -y probablemente jamás serán- como nosotros deseamos, es una forma de enriquecimiento que se ha cobrado víctimas en forma de cojines, zapatillas de deporte, chaquetas, ropa interior -ajena-, puertas… Y llega la sabiduría, el momento en que ella se adapta a ti, y tú a ella. El preciso instante en que sabes que aunque seas el encantador de la tele, en cualquier momento, cualquier día, todo su cerebro ha vuelto al punto original, y hay que empezar de nuevo. Y empiezas.

Ella me ha servido de coartada ante los efectos de muchos de mis desequilibrios: el gusto por madrugar, la huida de los actos sociales, la necesidad de pasear por la ciudad como un viejo… así que he de pagar comprendiendo los suyos. Hoy hace tres años que llegó Nico, y me vienen imágenes del día que logró acceder al pienso y me la encontré inerte, con una panza gigante y la cabeza metida en el saco, y de los paseos, y de sus inacabables persecuciones a moscas que siempre son más hábiles, y de lo que disfruta escuchando a Jonny Cash. Feliz aniversario, Nico.

Eureka!

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De repente te das cuenta de que empresas gigantescas empiezan a hablar de volver a los clásicos del marketing, de centrarse en la customer experience, esto es, en la atención al cliente de toda la puta vida. Todos somos consumidores, y nos ganamos el apelativo a pulso gracias a los cientos de transacciones que realizamos durante el año. Todos sabemos que las compañías de servicios (teléfono, adsl, tele por cable, luz, gas, agua) están compuestas por seres maravillosos que, cual matrimonio clásico, tras la firma de un contrato leonino se convierten en nuestra jodida peor pesadilla.

Lo percibimos desde hace años, es vox populi, e incluso le hemos dado caracter de normalidad: ¿Quién no se ha sentido un puto mago de las finanzas al llevarse dos meses de llamadas gratis a cambio de no realizar una portabilidad?, ¿Quién no ha certificado el absoluto fracaso occidental para con la educación, en una de esas interminables incidencias? Las abuelas manejan con soltura el término “período de permanencia”, estamos hartos de ver a la OCU en verano, rellenando informativos escuálidos, con sus innumerables quejas ante la injusticia del consumidor frente a la empresa que le prometió el oro, y le dió otra cosa.

Es evidente que una buena experiencia fideliza, y no hay que hacer un master en un instituto cuyo nombre chorree siglas, para recordar el trato amable de las pequeñas tiendas de barrio. El gusto de decir “lo de siempre”, la aventura de dejarte asesorar por alguien te sabe lo que necesitas, o que, lo que es más importante hoy, te escucha. En realidad lo que pides en esta sociedad enferma, es que te escuchen, y sólo te pueden escuchar si les interesas de verdad, y sólo les interesas si les apasiona lo que ofrecen, su servicio, su producto, su trabajo. Desde luego resolver una incidencia desde un callcenter de A Coruña por 750 euros al mes, no parece un gran modelo de incentivo. Y es el que hay.

La gente echa de menos el no llevar suelto y que te apunten, el saludo sincero, el producto reservado para ti porque saben que te gustará. En realidad la gente siempre lo ha valorado, lo que sucede es que el salto de rentabilidad, a base de economía de escala, que supusieron los grandes centros comerciales, las fusiones, las megaagrupaciones, o las privatizaciones, hicieron que a las grandes empresas se la sudara el consumidor, basados en su ventaja, esto es, en sus cojones.

Son tiempos en los que las mismas empresas que piden flexibilidad laboral para mejorar sus condiciones productivas, y largar al personal cuando estimen oportuno, son las que exigen año y medio de permanencia como cliente, aunque estés hasta el gorro de un servicio pésimo o defectuoso.

Resulta que en tiempos de abundancia de cojonudos, los clientes son oro, y las pérdidas de los mismos cuestan puestos en dirección, así que hay que redirigir el tiro. Toma relevancia el concepto de fidelidad, y ahí vuelve a entrar la customer experience. Seguro que ahora, cuando “interné no furrule“, aparecerán Andrés Velencoso y Eugenia Silva para darnos un masaje mientras llega el mejor técnico de Europa, que además cuenta chistes de gangosos.

Las grandes empresas nos van a mentir, pero se trata de que la mentira sea creíble y atractiva, como siempre. Y que aprendan de las pequeñas. Las pequeñas empresas tienen su oportunidad. Geolocalización, redes sociales… todos apuntan a que funcionan mejor con los negocios locales. No sólo por el control del mensaje, sino porque los pequeños negocios locales disparan al pecho, y atraviesan la cartera para llegar al corazón de sus clientes.

Y yo creo que tras esta bastarda metáfora, me voy a dar un baño de miel mientras leo a Luis Alberto de Cuenca, o algo peor.

Cuestión de espacios

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En el fondo todo es cuestión de espacios. El espacio que ocupamos cada uno de nosotros en el mundo, el que aspiramos a ocupar, y al que realmente llegaremos. Ese hueco que hay entre los espacios ocupados y ocupables, es el vacío, lo que nos mantiene apegados a gente, a calles, lo que nos separa de los relatos que nos cuentan y los que estamos dispuestos a creer.

Y en el fondo tiene más arte el vacío. El vacío puede tener formas bellísimas. Puede ser estudiado por la sociología, y diseñado por arquitectos. Se pueden crear grandes no-lugares de Marc Augé. Espacios para el tránsito, inhóspitos, inquietantes en la quietud. Parar un segundo en los no-lugares. En las salas de espera, en los aeropuertos, en las autopistas. Sitios creados para no detenerse nunca, que no tienen un plan B, que no contemplan la pausa.

Pero la pausa sucede. O sucedía. Existe la corriente en marketing, que defiende la necesidad de rastrear nuestro movimiento, para ofrecernos los productos que mejor se acomodan a nuestros gustos, conclusiones extraídas del espionaje de nuestra navegación en la Red. Para mí el debate no está en la privación de libertad. Dicha privación es una realidad difícilmente discutible, en tanto que aceptada.

Salimos a las calles y podríamos filmar toda nuestra vida. Nuestros movimientos bancarios, nuestros gustos. La reconstrucción del detective perfecto es cuestión de paciencia, logins y passwords. La privacidad es la batalla perdida que convirtió al liberalismo atroz en algo perverso y autodestructivo. Voy a otra cosa, a la pérdida. No a pensar mal, a creer que las empresas dirigirán sus productos hacia mi presunto interés, generado por ellas mismas. No, yo voy al placer de la pérdida.

No quieren que suceda la pausa, porque se relaciona con reflexión, y a ésta con los conflictos. Y los conflictos ya no están bien vistos ni en las revoluciones sociales. Prometo no subvertir desde la pausa. Prometo firmar un documento que asegure que seré bueno. Pero a cambio, no eliminen los recuerdos que me demuestran que en la pérdida he encontrado alguna de las cosas más grandes de mi vida. No me prohiban parar en la autopista, y esperar, y sentir cómo tiemblan porque nada en el mundo estaba preparado para que parara. Porque nadie contó que intentaría conquistar un no-lugar, quitándole el negativo.

Odios de domingo (pero pocos)

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-Odio los domingos en general. Cada vez se suaviza más el odio, pero siempre estará ahí, como una especie de trauma que viene de vuelta. El domingo es un señor vestido con traje gris marengo, que te golpea en la cabeza. Puede producirte depresión, modorra, estupidez, siesta, o todo a la vez, que es lo más habitual.

-Odio la MTV. Es ya definitivo. Programación repleta de adolescentes norteamericanos descerebrados, hablando de marcas de sudaderas, coches con ruedas gigantes, tipos musculados, tatuajes, comida asquerosa… como televisar las conversaciones entre mis compañeras de octavo de EGB. Suenan Greenday eternamente, o grupos que plagian a Greenday, o que los imitan u homenajean, cámaras que se mueven mucho, tipografías supermodernas, como de caja de cereales… Hasta la forma huele. Barbecho.

-Odio a la gente que critica el barrio en el que vivo, Lavapiés. Estoy hasta las pelotas de que miren de reojo, y que sus prejuicios les hagan pensar que este pequeño pueblo en el centro de Madrid, es el Bronx. Sobretodo porque suelen ser personas que viven en barrios periféricos, o esos cementerios adosados que llaman “urbanizaciones”. ¿De qué puto Edén vienes para decirme nada? La vida de las personas se forma por imágenes que componen una especie de mosaico con el que miramos las cosas. La imagen que abre el post, pasó esta mañana. No pasa en todas partes.

-Odio a la gente que dice que no odia. Esos gendarmes de la corrección política, que respetan todo, pero que no lo comparten. Esa gente cuya libertad acaba donde empieza la de los demás. Esa gente que se dedica a cumplir la ley y hacer lo que toca en cada momento. Ahora la juventud loca, luego cierro el chiringuito, luego los niños…, y todo lo acompañan de un plan de estilismo, modelo de coche, y un par de cosas más que les importan en sus putas, grises, y perfectamente prescindibles vidas.

Notas de viernes

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- Un italiano (Mario Draghi) como nuevo presidente del BCE. No pasa nada, no seremos prejuiciosos, no pensaremos que en Italia todo se mueve en un delicado tejido mafioso, no pensaremos en lo que habrá visto ese hombre o cómo habrá llegado ahí. Eso se lo dejamos a los porteros de fincas y a los tertulianos del 59 segundos. Pero vamos, que huele (fue número 2 de Goldman en Europa cuando se gestó la crisis)…

- Grecia está jodidamente podrida. Las novelas negras de Petros Márkaris revelan un país pre y post olimpiadas hecho unos zorros a la mediterránea. Cualquier salida es mala, básicamente porque sólo tienen una. Es la salida que ofrecen FMI, y unas cosas impersonales que se llaman agencias calificadoras y mercados. Dictan la ley. La ley del fracaso, claro está, y del negocio: su negocio, que no es lo mismo que “nuestro negocio”.

-El FMI, cuando EEUU tuvo bajón económico en 2001, siguió los dictados de demócratas y republicanos, que acordaron impulsar un estímulo, una política de expansión. Pero el FMI, cuando se cayó la economía en Argentina y Bolivia, recomendó que aplicaran una política de contracción, que es lo que ahora hacen con Grecia. Lo explica mejor el premio Nóbel, Joseph Stigiltz aquí.

- Por tanto, los tempos del partido (la calidad de vida de una generación) sigue dependiendo de un órgano que ha reconocido su nefasta planificación, seguimiento y capacidad de resolución, como se publicó aquí. Y en esas estamos.

- Leía hace no mucho a un cocinero, que comentaba que la comida rápida era la causante de la falta de acividad ciudadana (con apoyo mayoritario, me refiero). Explicaba que la gente sólo sale a la calle cuando tiene hambre Hoy vivimos en la ficción de que comemos, gracias a filetes de sepa uste qué, por un módico precio, y con patatas de cartón y Coca Cola.