Confesiones de un gilipollas

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Recuerdo cuando tenía paciencia para ser gilipollas. Podía empollarme la revista Rockdelux, para que me descubriera veintitrés cosas en cada número. Al cabo de un año sólo le agradecía a Santi Carrillo haberme puesto en contacto con el mundo interno de Stephin Merrit en cualquier de los pellejos con los que edita y ha editado música. Es posible que, de no haber desechado a veintidós grupos que con el tiempo me resultaron superfluos, la herida del líder de The Magnetic Fields no hubiera sido tan profunda.

Eran años en los que lanzar nombres -Dominique A, PJ Harvey, The Divine Comedy, Benjamín Biolay- sobre una mesa bastaba para posicionarte dentro del grupo de los modernos, y diferenciarte de tus padres y de una sociedad con unas exigencias culturales mínimas. Qué guays somos que hoy The Cure y Depeche Mode molan, y mañana salen de Malasaña y son mierda. Pero estos momentos embarazosos no son más que residuos contaminantes de un núcleo que fisiona para que todos debamos decidir entre ser del montón de mierda, o modernos de mierda, hasta que crecemos, y creemos alcanzar una cosa que se llama criterio.

Si en la época de estudiante no hubiera leído una media de cien libros al año, jamás habría encontrado en los más recóndito de El Político, de Azorín, un brutal Epílogo futurista. O no me habría topado con una excomisaria de exposiciones llamada Viviane Forrester que, a los setenta y un años, escupió El horror económico, y se quedó tan ancha.

Todo este rollo viene de los problemas que encuentro en los últimos tiempos para leer un libro. Para ver una peli. Para escuchar un disco mientras no hago nada más que eso, escuchar un disco. Ejercicios a los que me acostumbré en la adolescencia y que, para bien o para mal, me han convertido en lo que soy. Y justo me topo con esta entrevista a Nicholas Carr, donde habla de la dificultad para el aislamiento y la concentración, además de la familiaridad con la multitarea, que se derivan de vivir en una era marcada por Internet.

La información ya no plantea ser considerada como un producto, como sucedía con los medios tradicionales, se da por hecho que lo es. Es decir, que en tele, radio o prensa, las grandes tragedias se retransmiten en directo, con cabeceras y sintonías propias, un presentador de informativos anuncia entidades bancarias a las que luego referencia en la información bursátil, entre comentarios cada vez más entre dientes. Esto ya no es un debate, porque en la red el contenido es tan abrumador en cantidad, y los canales y fuentes tan increíbles, que sólo lo atractivo sobrevive. Los títulos espectaculares, las fotos llamativas, las palabras clave, fotos, vídeos y muy poco texto.

El espectador ya no tiene tiempo para sentarse en una butaca durante dos horas. No lo tiene para conocer ideas desarrolladas y fundamentadas. Quieren saber de Egipto pero en tres líneas, porque hay un nuevo escándalo de Paris Hilton, gol del Manchester, tuiteo de Alex de la Iglesia, o declaraciones de Assange. Hechos anestesiados por la inflacción de noticias.

Se ha saltado la legitimidad de las fuentes. Lo importante es el movimiento, no lo que se mueva. Seguro que el vértigo que siento, y la sensación de deriva hacia la generación de personas mucho más vulnerables, no es más que un tic de viejo, pero lo de no poder sentarme con tranquilidad a terminar a John Kennedy Toole, Dostoiewski, y otra media docena de lomos que me miran sin fe, creo que me empieza a matar, doctor.

10 Responses to Confesiones de un gilipollas

  • mario

    Replied on: 1 febrero, 2011, 9:02

    Buenos días, señor.

    hoy venía rumbo al trabajo dando vueltas al mismo tema (sí, también soy de los que aún dilapidan un euro en comprar el periódico) para actualizar mi blog… ahora entiendo que la coincidencia no quiere decir otra cosa que tenemos un café pendiente por el madrid antigüo.

  • R.F.

    Replied on: 1 febrero, 2011, 15:01

    Magnetic Fields quizá altibajos. Pero tocaron el cielo más de una vez. Y de dos. Y recientemente. Pocos lo pueden decir.

    Gran post.

    • SuPerfectoCaballeroBritanico

      Replied on: 1 febrero, 2011, 15:04

      Sí, en 69 Love Songs sóbrenllos 39, pero les otres 30… facín un discu cojonudu.

      • R.F.

        Replied on: 1 febrero, 2011, 15:31

        Jaja. Quítate la movida de la boca, que vas a terminar como yo. Lo de recientemente lo decía más bien por el Distortion. 69 songs lo escuché vagamente. Me pondré (hasta arriba de fabes).

        • SuPerfectoCaballeroBritanico

          Replied on: 1 febrero, 2011, 15:34

          Me la quitaré, joder. Pues dale, y olvida las frikadas, que mola. Y “I” también mola. Bueno, no soy muy objetivo, la verdad…
          Gracias por su alta fidelidad!!

  • Chicho

    Replied on: 1 febrero, 2011, 16:21

    El que lee es porque le hace falta…

  • ciegoenparis

    Replied on: 1 febrero, 2011, 19:30

    Antes de twitter no tuve huevos de terminar La conjura de los necios. Y no creo que pueda ahora.

    A lo que iba… la semana pasada tuve suerte de tener una clase con Carr y me ratifico en lo que pensaba antes: su radicalismo es tan peligroso como creerse que hacer check in desde la T4 es importante para alguien.

    Me ponen poco cachondo los radicales. Bueno, salvo las “sex radicals” pero eso es otro cantar. U otro post, ya no sé.

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